sábado, 23 de agosto de 2008

Obediencia
Cristina Barriga Gala
Profesora de Ed. Gral. Básica, P. U. Católica de Chile

“Es que ya no me hace caso… favor que le pido y me lo reprocha… se compara con sus hermanos… que ayer ya lavó los platos….” La obediencia es una lucha con la que tienen que combatir muchos padres diariamente con sus hijos, especialmente con aquellos que están en la edad de la adolescencia.

¿Por qué no obedecen los hijos? ¿Antes era igual de difícil educar? ¿En qué fallo como padre? ¿Cuándo obedecen y cuando no? Sin duda son una de las muchas interrogantes que se vienen a la cabeza a los padres que viven con este tipo de situaciones. Muchas de ellas no encuentran más respuesta que la consoladora “Todos son así, es la nueva generación de estos tiempos, porque cuando yo tenía su edad no me atrevía ni a poner en duda lo que me pedía mi padre”. Mal de muchos… consuelo de tontos.

La obediencia tiene una íntima relación con el respeto que se le tiene a la otra persona. Hay quienes obedecen porque esa relación de respeto es de temor: “si obedezco no me van a castigar…” El problema está con que basta que se le quite el factor miedo hacia el otro para que deje de obedecer. Hay otros, sin embargo, que obedecen porque tienen una relación de respeto y admiración hacia el otro, ese tipo de obediencia es la que puede perdurar en el tiempo.

El punto está en cómo lograr que un hijo, específicamente un adolescente, quien está en un período donde se va formando su identidad y como consecuencia de ello rechaza todo lo que venga de sus padres, vean en ellos personas a quien admirar y por ende, obedecer. La respuesta está en que esa relación padre hijo de admiración y respeto se gesta desde los primeros años de vida. El hijo debe ver en sus padres personas en quien confiar, que se sientan amados y los acepten como son; a la vez busca en ellos parámetros donde afirmarse, donde moverse, el típico “rayado de cancha”, pues teniendo claro que está “dentro” y que está “fuera”, él sabrá movilizarse. Es por ello que las reglas son necesarias.

Estamos en una sociedad donde se habla mucho del derecho del niño, ¡claro que los tienen y hay que defenderlos! Pero junto con ellos, tienen deberes. Deberes como hijos, como hermanos, como estudiantes, como seres insertos en una sociedad (con ello me refiero a gestar conciencia social). Esos deberes se enseñan en la casa, siendo los padres quienes tienen que ponerse de acuerdo ¡Ojo con jugar al ping pong con los hijos! Tanto padre y madre deben remar hacia una misma dirección, sino se pierde autoridad, confianza y por ende, obediencia. Reglas simples tales como cumplir con algún encargo en la casa, tener un horario de comidas, de tiempo libre y de estudios, reglas relacionadas con el tono humano hacia los familiares y en especial hacia los padres. Todas ellas, si se ven en conjunto son pocas, pero marcan a un hijo que crece en un hogar sólido y a la vez armonioso y acogedor. Si se vive en este ambiente, seguramente cuando llegue la adolescencia, si bien va a costar más que obedezca a la primera llamada, lo hará a la tercera sin necesidad de gritar (cuidado con los gritos, quien grita pierde autoridad pues lo que ve el hijo es una persona que no sabe controlarse). Obedecerá porque sabe que sus padres quieren lo mejor para él, aunque no le parezca. Es en esta edad donde además, algunas reglas pueden negociarse, lo que le significará al adolescente una sensación de confianza mutua y crecimiento.

Para aquellos padres que sienten que ya es tarde, pues a sus hijos o bien los criaron con el régimen del castigo o con la falta de consistencia, pues nunca se pusieron de acuerdo como padres hacia dónde querían remar, qué hijos querían formar…estén tranquilos ¡Nunca es tarde! Es el momento de empezar a buscar puntos de encuentro entre padre e hijo. Conozcan sus gustos y aficiones, para de esta manera tener un tema en común y comenzar a gestar diálogo. A partir del diálogo, nace la confianza y la admiración que deben rescatar del hijo hacia su padre. Sólo así tendrán el clima necesario para poder dar órdenes y que estos obedezcan. Eviten gritos y malos ratos y… ¡manos a la obra!